Masticar bien para crecer bien: la importancia del esfuerzo oral en la infancia

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La masticación infantil fortalece los músculos faciales, la lengua, los labios y las mejillas, y hace que la mandíbula y el maxilar crezcan correctamente. Si no se mastica lo suficiente, pueden aparecer problemas en los dientes, al tragar o digerir los alimentos. Proporcionar en la infancia alimentos de distintas texturas y cuidar la salud oral, ayuda a que su desarrollo orofacial sea más funcional.

 

Por qué es tan importante la masticación infantil

Masticar no es algo que ocurra por sí solo. Este proceso empieza alrededor de los 6 meses de edad, y continúa desarrollándose hasta los 2 o 3 años, cuando ya mastican distintos tipos de alimentos y texturas. La masticación infantil sigue mejorando hasta los 10 o 15 años, momento en el que desarrollan un patrón bastante parecido al de un adulto. 

Hacerlo bien fortalece músculos de la mandíbula, lengua, labios y mejillas, y ayuda a coordinar movimientos complejos, además de controlar la cabeza y la postura del cuerpo para que comer sea seguro. Cada vez que los niños mastican, la boca aprende qué debe hacer: desde apretar los dientes con fuerza hasta coordinar todas las partes implicadas para triturar la comida antes de tragar.

 

Alimentación en la infancia y desarrollo orofacial

Conforme crecemos, los movimientos de la mandíbula y la fuerza de mordida envían señales a los huesos faciales. Los músculos implicados, como el masetero y el temporal, ejercen presión sobre los huesos, lo que ensancha el arco dental y equilibra la mordida, además de mejorar la relación entre la mandíbula y el cráneo. 

Dicho esto, los hábitos alimentarios juegan un papel clave en este proceso. Para empezar, la lactancia materna contribuye a que el bebé haga movimientos de succión fuertes y coordinados que, más allá de influir en el crecimiento de la mandíbula, ayuda a que la lengua adopte la posición correcta. Cuando empiezan con alimentos sólidos de diferentes texturas, aprenden progresivamente a mover la mandíbula y a fortalecer los músculos faciales.

Quienes comen principalmente alimentos blandos, no necesitan masticar tanto, por lo que la estimulación es limitada. En estos casos, pueden aparecer maloclusiones, paladar estrecho o problemas de mordida, y también afecta a la coordinación al tragar y hablar, asociándose en ocasiones con respiración por la boca y empuje de la lengua.

 

Maloclusiones y apiñamientos Un maxilar estrecho o mandíbula subdesarrollada puede dejar poco espacio para los dientes permanentes
Alteraciones estéticas La falta de desarrollo óseo y muscular puede dar una apariencia facial más plana o menos proyectada
Problemas respiratorios El desarrollo insuficiente de las estructuras orofaciales puede favorecer la respiración por la boca de manera crónica

 

Por otra parte, masticar activa las glándulas salivales responsables de humedecer la boca, facilitar la deglución y digestión, así como de proteger dientes y encías. Si la producción de saliva disminuye, sufren sequedad bucal. Además, cuando los alimentos se trituran mal, se complica la digestión y se reduce la sensación de saciedad. 

Los estudios demuestran que aquellos niños que mastican, tragan y respiran mejor, suelen tener mandíbulas y maxilares mucho más desarrollados, en gran parte gracias a una dieta variada y nutritiva

 

Área afectada Consecuencia de masticación insuficiente
Desarrollo óseo y dental Maloclusiones, paladar estrecho, problemas de mordida
Músculos faciales y coordinación Debilidad de músculos de mandíbula, lengua, labios y mejillas; dificulta la coordinación de masticación, deglución y respiración
Función orofacial Dificultad para tragar y hablar; respiración bucal; empuje lingual
Digestión y saciedad Digestión menos eficiente; sensación de saciedad reducida
Hábitos alimentarios y nutrición Preferencia por alimentos blandos y fáciles de consumir; riesgo de mala nutrición o aumento de peso
Desarrollo bucal general  Mandíbulas y maxilares menos desarrollados

 

Cómo enseñar a los niños a masticar correctamente

Para saber si un niño mastica bien, los especialistas se fijan en cómo tritura los alimentos con distintas texturas, si tiene suficiente fuerza para morder y cómo coordina la masticación con el tragar y respirar. Estas revisiones ayudan a detectar dificultades o retrasos en el desarrollo mandibular para intervenir a tiempo.

1. Probar distintas texturas

Introducir progresivamente alimentos de diversas texturas ayuda a masticar mejor. Esta es una habilidad que se perfecciona con la práctica: a más variedad de alimentos, mejor ajustan los movimientos de la boca. Empieza con trozos blandos de frutas, vegetales cocidos con algo de textura, carnes suaves y panes integrales. Sigue una progresión gradual: de purés a alimentos de masticación moderada, y luego firme para estimular la musculatura.

2. Evitar abusar de los purés

Dar purés y alimentos muy triturados durante demasiado tiempo puede retrasar el aprendizaje funcional de la masticación. Es muy importante que tengan oportunidad de masticar a diario alimentos con cierta resistencia, limitando siempre que sea posible opciones ultraprocesadas o muy blandas que no supongan esfuerzo y reduzcan la estimulación.

3. Favorecer una masticación equilibrada

Animarlos a masticar por ambos lados de la boca ayuda a que la mandíbula se desarrolle de forma simétrica, sin descompensaciones, molestias musculares o cambios con el tiempo en la forma de la cara. Lo ideal es que mastiquen cada bocado varias veces y que no traguen los alimentos demasiado rápido o cuando ya están excesivamente triturados. 

 

Productos para una salud oral completa

Los productos de cuidado profesional pueden servir de apoyo para cuidar de la salud oral de los pequeños, siempre supervisados por odontopediatras. 

Si los niños cuentan con una dieta basada en alimentos de diferentes texturas, buenos hábitos de masticación y una boca saludable (apoyada por este tipo de soluciones) se favorece un desarrollo funcional más completo.

 

BIBLIOGRAFIA

https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/36849700/

https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24063732/

https://link.springer.com/article/10.1007/s00784-025-06467-2

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